domingo, 30 de junio de 2013

Antonin Artaud: "El mal soñador"







 
El mal soñador




Mis sueños son ante todo un licor, una especie de agua de náusea en que me abismo y que gira entre sangrantes micas. Ni en la vida de mis sueños ni en la vida de mi vida llego a la altura de ciertas imágenes, ni me instalo en mi continuidad. Todos mis sueños carecen de salida, de fortaleza, de plano de ciudad. Una auténtica hediondez de miembros cortados.
Por lo demás, me hallo suficientemente informado sobre mi pensamiento para que nada de lo que allí suceda me interese: sólo pido una cosa, que se me encierre de manera definitiva en mi pensamiento.
Y en cuanto a la apariencia física de mis sueños, ya os lo he dicho: un licor.





sábado, 29 de junio de 2013

Jaime Gil de Biedma:"Idilio en el café"










Idilio en el café



Ahora me pregunto si es que toda la vida
hemos estado aquí. Pongo, ahora mismo,
la mano ante los ojos —qué latido
de la sangre en los párpados— y el vello
inmenso se confunde, silencioso,
a la mirada. Pesan las pestañas.

No sé bien de qué hablo. ¿Quiénes son,
rostros vagos nadando como en un agua pálida,
éstos aquí sentados, con ojos vivientes?
La tarde nos empuja a ciertos bares
o entre cansados hombres en pijama.

Ven. Salgamos fuera. La noche. Queda espacio
arriba, más arriba, mucho más que las luces
que iluminan a ráfagas tus ojos agrandados.
Queda también silencio entre nosotros,
silencio
                y este beso igual que un largo túnel.











viernes, 28 de junio de 2013

Lilian Elphik: "Aviso de robo"











Aviso de robo
 

Mi silencio ha sido robado.

La persona que lo encuentre, trátelo con cariño.
No le grite, que se asusta.
No lo maree con palabras inútiles.
Una vez que el silencio se haya acostumbrado,
favor de clavarle el puñal bien adentro, en el centro
de su total indiferencia.
Deje los restos en la calle.
No faltará quien se los lleve.


 





jueves, 27 de junio de 2013

Antonio Orihuela: "Algo falla"







Algo falla



Tenemos
miedo a perder el trabajo
pero no tenemos miedo a perder la
vida.

Unas cuantas mentiras son todas las certezas
de que disponemos
para vivir.

Ya nos hemos matado bastante,
salva tu vida, se está
muriendo.






miércoles, 26 de junio de 2013

Ernesto Ortega: "La chica del carrito"









La chica del carrito




Tenía el pelo más corto, pero se parecía tanto a mí que hasta mi madre nos hubiese confundido. Llevaba un tiempo observándola. Sujetaba el carrito de un niño y esperaba a alguien, porque no paraba de mirar el reloj cada minuto, como si necesitase comprobar que transcurría el tiempo. Éramos prácticamente idénticas. Me di cuenta de que me estaba mordiendo las uñas. Cuando me pongo nerviosa, no puedo evitarlo. Es una manía que tengo desde niña. Entonces, llegó él. Lo reconocí enseguida, aunque habían pasado más de cinco años desde la última vez que nos habíamos visto. Estaba más gordo y llevaba barba, pero todavía conservaba la misma sonrisa y la misma mirada que habían hecho que me enamorase de él. Le dio un beso y luego se inclinó sobre el carrito y le hizo carantoñas al bebé. Hubiese querido acercarme a ellos y preguntarles tantas cosas. Averiguar si él había conseguido acabar Derecho o si continuaba levantándose cada mañana para correr. Pedirle perdón. Saber si ella le seguía poniendo tres cucharadas de azúcar al café o si había dejado, por fin, de morderse las uñas. Descubrir si tenían un perro o si habían cumplido su sueño de viajar a Australia. Me habría gustado coger al niño en brazos. ¿Qué nombre le habrían puesto? ¿Luis, como él? ¿A quién de los dos se parecería? ¿Tendría sus ojos? ¿Habría heredado mi nariz? Pero no me atreví. Calle abajo, vi alejarse mi otra vida.






martes, 25 de junio de 2013

Charles Bukowski: "Cisne de primavera"







Cisne de primavera



También en primavera mueren los cisnes
Y allí flotaba
Muerto un domingo
Girando de lado
En la corriente
Y fui hasta la rotonda
Y distinguí
Dioses en carros,
Perros, mujeres
Que gritaban
Y la muerte
Se me precipitó garganta abajo,
Como un ratón,
Y oí llegar gente
Con sus cestas de merienda
Y sus risas,
Y me sentí culpable
Por el cisne,
Como si la muerte
Fuese algo vergonzoso
Y me alejé
Como un idiota,
Y les dejé
Mi hermoso cisne.





lunes, 24 de junio de 2013

Bertold Brecht: "Pero en la fría noche"









Pero en la fría noche



Pero ya sólo el hielo, en la fría noche, agrupaba
los cuerpos blanquecinos en el bosque de alisos.
Semidespiertos, escuchaban de noche, no susurros de amor
sino, aislados y pálidos, el aullar de los perros helados.

Ella se apartó por la noche el pelo de la frente, y se esforzó
por sonreír,
él miró, respirando hondo, mudo, hacia el deslucido cielo.
Y por las noches miraban al suelo cuando sobre ellos
infinitos pájaros de gran tamaño en bandadas procedentes
del Sur se arremolinaban, excitado bullicio.

Sobre ellos cayó una lluvia negra. 







domingo, 23 de junio de 2013

Amando Vega: "Volver a casa"









Volver a casa


 
Pero ¿a qué casa?
A qué paredes 
ya inexistentes.
A qué piedras
ahogadas en el abrazo
mortal de las zarzas.
Volver a dónde
cuando ya no son 
azules los cielos 
ni verdes los campos.
Cuando hasta las ortigas
se vuelven confortables
frente a la afilada
frialdad del miedo.
Volver únicamente
a una tierra sin surcos,
a una mesa sin pan,
a un territorio sin horizonte,
a unas aves sin vuelo,
a una luna sin sol,
a un corazón sin sangre,
volver, sí,
pero ¿volver a dónde?






sábado, 22 de junio de 2013

Begoña Abad: "Orillas y silencios"









Orillas y silencios



Mi madre zurcía una camiseta de mi padre, en la que ya no se reconocía el tejido original de tantos repasos.
En el fuego, un puchero hervía lento. Olía a lo que olían entonces todas las casas: a cocido.
Yo miraba, por la ventana que daba a la parte de atrás del cuartel, la corriente del río Bidasoa. En medio, dos isletas a las que yo solía ir caminando cuando no me daban miedo las sanguijuelas. El resto del río era peligrosamente profundo en el tramo que separaba un país de otro. Enfrente estaba Francia, aunque a mí las dos orillas me parecían iguales.
En la sala de armas, un guardia civil gallego dejaba pasar las horas sentado delante de una destartalada mesa, rodeada de una manta de reglamento marrón, a modo de faldas.
Alguien entró por la puerta del cuartel, se oyeron voces un poco más altas que de costumbre y nombres que yo no sabía interpretar: Maquis..., intento de fuga..., el monte San Marcial..., guardias haciendo posta en la noche...un aviso, detenidos vadeando por Astarloa. Todo confusión, historias entrecortadas, órdenes sin preguntas ni respuestas.
Mi madre seguía zurciendo la única camiseta de repuesto de mi padre y removiendo el plato único de cada día, sentada en la cocina...
El guardia de puertas, gallego, saca una silla y en ella se sienta un detenido. Se supone que es un contrario, aunque él no encuentre diferencia. No hay preguntas ni respuestas, hay soledades y miedos atados por sueldos, o por esposas.
Mi padre entra en casa, se quita el tricornio, la capa mojada, esa misma con la que nos tapa, al hijo del sargento y a mí, cuando nos lleva a la escuela, montados en la bicicleta durante kilómetros, uno en el sillín y otro en la barra y que sólo deja que asome un trocito de nuestras piernas flacas y heladas.
Mi padre y mi madre hablan. Ella se levanta despacio, me pone la única camiseta de repuesto de mi padre, llena de remiendos pero muy blanca, en el brazo y en las manos un plato de cocido y me dice que se lo lleve al hombre que está con el gallego, en la sala de armas. Yo tampoco pregunto, obedezco. El hombre está sentado con la cabeza baja, el pelo mojado, las manos esposadas. Lleva un impermeable Dugam azul y debajo sólo un pantalón mojado y da frío su desnudez. Yo tengo siete años y él como mi padre, supongo. Le dejo delante ambas cosas y vuelvo a mirar el río que sigue pareciéndome igual.
Mi madre se queda sin labor, mi padre sin camiseta y yo sin saber qué orilla es la acertada, quién lo decide y por qué se persigue y detiene al de la orilla contraria y después le damos la única camiseta de repuesto y un plato de comida.







viernes, 21 de junio de 2013

Almudena Guzmán: "Antes"


 

 

 

Antes 

 

Antes,
nunca hubo el silencio necesario entre abrazo y abrazo
para advertir el parpadeo de esta guillotina
que hoy,
al rozar por sorpresa mi nuca con sus manos de lejía
me ha puesto los ojos amargos.

Yo misma no me oigo cuando grito.
Querría huir. Pero ya es tarde:
las sábanas se han convertido en agua cenagosa mezclada
con pegamento.

Y dentro de poco,
como esa cosa horrible siga detrás de mí
y usted continúe dormido,
me moriré de risa ante el retrato de Leonardo que tengo
enfrente de mi cadáver.








jueves, 20 de junio de 2013

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (3)











La lentitud de los bueyes


 3



Nada trasciende la densa mansedumbre de esta tarde.

Todo está en calma delante de mis ojos: las cigüeñas varadas sobre el silencio, y los frutales florecidos más allá del tendido del ferrocarril.

En odres muy antiguos, tan antiguos que ni siquiera el dolor puede alcanzarles, está guardado el tiempo. Y su costumbre deja posos más ácidos y azules que el olvido.

Como hierba crecida entre   ruinas, la soledad es su único alimento y, sin embargo, su sustancia es tan dulce como nata crecida.

Abstenéos, no obstante, de ponerle interrogantes amarillas o de buscar dioses de trapo allí donde existen solamente aguas absurdas.

De todos es sabido que el tiempo no posee otra grandeza que su propia mansedumbre.




miércoles, 19 de junio de 2013

Isabel Bono: "Una vez"










Una vez



una vez
deseé besar a un hombre
que no me amaba

la violencia de sus ojos
aún me ciega
como una tormenta de arena

deseé su boca o la muerte

no me arrepiento






martes, 18 de junio de 2013

Juan José Millás: "Cada individuo es un universo"


 

 

 

 

Cada individuo es un universo



Cuando el taxista creyó haber alcanzado el grado de confianza de crucero, afirmó que cada familia era un mundo, para añadir casi sin transición:
- Mis suegros, por ejemplo, me toleran, pero no me aceptan.
- Pues los míos me aceptan, pero no me toleran - respondí yo para confundirle un poco. Detesto este tipo de conversaciones.
El hombre se hundió en un silencio rencoroso y en el primer semáforo se bajó del coche para cambiar la bombona. Por la radio, un individuo afirmaba que la mayoría de los accidentes mortales que se producían en el interior de los automóviles, cuando iban muy llenos, se debía a que las cabezas de los pasajeros chocaban entre sí, abriéndose como sandías. Un enfermo. El taxista volvió al coche tras realizar la operación en el maletero y afirmó:
- Eso que dice usted no puede ser. Si le aceptan, ¿cómo no van a tolerarle?
- Del mismo modo que yo acepto la existencia de la penicilina, aunque no la tolero, porque soy alérgico a los antibióticos. Mis suegros son alérgicos a los yernos. Tienen tres más y aceptan a todos, pero no toleran a ninguno. Personalmente, preferiría tolerar la penicilina, aunque no la aceptara. Solamente me puedo tratar las infecciones con sulfamidas, que me dejan hecho polvo.
Comprendí que acababa de romperle al hombre una frase que quizá había repetido a todos los pasajeros que caían en sus manos. Fue una crueldad, pero la vida es dura y el pez grande se come al chico, etcétera.
Llegamos al Vips de Velázquez y le pedí una factura, para hacer gasto: así aprendería a dar conversación a los clientes. Por la boca muere el pez. Asco de peces.
A los pocos días tomé un taxi en la plaza de Cataluña. Cuando
empezaba a hundirme en mis cavilaciones el conductor decidió darme conversación.
- Cada familia es un mundo - dijo.
- Claro – respondí yo sin dejar de pensar en mis cosas.
- La familia de mi mujer me acepta, pero no me tolera.
- Pues la de la mía me tolera, pero no me acepta – dije mecánicamente, por llevar la contraria.
Entonces el coche se echó a un lado, sentí un frenazo brusco y el taxista se volvió hacia a mí con expresión de triunfo. Era el mismo al que sus suegros toleraban sin aceptar.
- Le cacé – dijo -, es usted un demagogo. Siempre dice lo contrario de lo que oye por afán de discutir.
- Eso no es un verdadero demagogo – respondí – el verdadero demagogo es el que dice lo contrario de lo que piensa para engrasar las neuronas.
- Pues el otro día me dijo usted una cosa y hoy me ha dicho la
contraria. O mintió entonces o ha mentido ahora.
- No tengo suegros, eso es lo que pasa. Soy soltero y lo mismo me da que acepten sin tolerarme o que me toleren sin aceptarme.
En esto llegamos a mi casa.
- ¿Vive usted aquí? – preguntó.
- Sí – dije.
- Una casa muy grande para un soltero.
No respondí a esa impertinencia, pero volví a pedirle una factura que tiré al suelo delante de sus narices, apenas me bajé del coche.
A los pocos días salía de casa con mi mujer y dio la casualidad de que en la puerta mismo había un taxi, que cogimos sin dudar, pues teníamos prisa.
Al poco, escuché una voz que conocí enseguida.
- Cada familia es un mundo – dijo.
- Y cada individuo es un universo – añadió mi mujer, entrando al trapo a
cien por hora.
- Mis suegros me toleran, pero no me aceptan – añadió el taxista, amenazándome con la mirada a través del retrovisor, para que no hablara.
- Con el tiempo acabarán aceptándole también – aseguró mi mujer, y se enredaron en una de esas conversaciones detestables sobre simpatías y antipatías familiares. Cuando llegamos a nuestro destino, me preguntó si quería factura y tuve que decirle que no, claro, para no dar explicaciones a mi
esposa. Ahora llevo varios días buscándole por todas las paradas, para vengarme, pero parece que se lo ha tragado la tierra.







lunes, 17 de junio de 2013

Carmen G. de la Cueva: "Como todas las mujeres enfermas"







Como todas las mujeres enfermas

 


Te daré un motivo. La frontera. Dos. El páramo.
Para vivir como un pájaro en las lomas
te daré unas alas. Para salvar los trazos enterrados
te devolveré unos ojos.

Has cruzado la ciudad para meterte en la bruma
y el desierto se traga la culpa.
Respira. El viento, salpicando tus raíces, te dirá
de qué está hecho tu vientre.

Antes de ser una cruz clavada en el desierto
fuiste mujer.

Contaré los gritos que tus ojos lanzan al barro

dentro de la tierra
unas manos

y te preguntas para qué morir si tu vida no vale
si en la ciudad límite
tu muerte no vale
si estás al borde del abismo
y tus gritos no se oyen.

Eres una cruz
clavada. Una cruz pintada. Cientos. Eres un error.
Un camino que guarda el rastro de una enfermedad
creciente.

Caen silencios sobre las bocas


dicen que estás muerta.










domingo, 16 de junio de 2013

Luis Mateo Díez: "El pozo"











El pozo
 


Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.

Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquél pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.

En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.

"Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.









sábado, 15 de junio de 2013

Begoña Abad: "Este empeño mío"









Este empeño mío



Este empeño mío
de nacer cada mañana,
me costará caro.
El mundo no soporta,
así como así,
que alguien se resista
a unirse a los adultos,
a los que saben más,
a los que dirigen mejor,
a los que “crecen”,
a los que medran,
a los que pueden.
No soporta
a alguien que se resista
a esa especie de muerte
que ellos llaman vida.






viernes, 14 de junio de 2013

Augusto Monterroso: "La fe y las montañas"










La fe y las montañas



Al principio la fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios.
Pero cuando la fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía. La buena gente prefirió entonces abandonar la fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio.
Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.






jueves, 13 de junio de 2013

Carlos Jiménez: "Lejano paraíso"


 

 

 

 Lejano paraíso

 


Éramos los más jóvenes, los más bellos del mundo. 
Mas nunca decidimos hacer cuanto el deseo dibujaba 
en la mente , porque nunca supimos 
que nos perdonarían por nuestra juventud.








miércoles, 12 de junio de 2013

Ana María Matute: "El niño que no sabía jugar"













 El niño que no sabía jugar




Había un niño que no sabía jugar. La madre le miraba desde la ventana ir y venir por los caminillos de tierra, con las manos quietas, como caídas a los dos lados del cuerpo. Al niño, los juguetes de colores chillones, la pelota, tan redonda, y los camiones, con sus ruedecillas, no le gustaban. Los miraba, los tocaba, y luego se iba al jardín, a la tierra sin techo, con sus manitas, pálidas y no muy limpias, pendientes junto al cuerpo como dos extrañas campanillas mudas. La madre miraba inquieta al niño, que iba y venía con una sombra entre los ojos. “Si al niño le gustara jugar yo no tendría frío mirándole ir y venir.” Pero el padre decía, con alegría: “No sabe jugar, no es un niño corriente. Es un niño que piensa”.
Un día la madre se abrigó y siguió al niño, bajo la lluvia, escondiéndose entre los árboles. Cuando el niño llegó al borde del estanque, se agachó, buscó grillitos, gusanos, crías de rana y lombrices. Iba metiéndolos en una caja. Luego, se sentó en el suelo, y uno a uno los sacaba. Con sus uñitas sucias, casi negras, hacía un leve ruidito, ¡crac!, y les segaba la cabeza.