martes, 2 de octubre de 2012

Federico García Lorca: "La aurora"







La aurora 

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes,
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencia sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidas de un naufragio de sangre.





Juan Yanes: "Mi gato"

 




Mi gato
Oh fiera independiente de la casa,/ arrogante, vestigio de la noche,/
 perezoso, gimnástico y ajeno,/ profundísimo gato,/ policía secreta de las habitaciones,/ insignia de un desaparecido terciopelo... "Oda al gato. Pablo Neruda". 
  

A mi gato se le encienden los ojos como dos bombillas. A veces le digo que toque una mazurca y él la toca para mí. Es un gato melómano y, sobre todo, comprensivo, parsimonioso y siempre está pensando qué es lo que más me agrada, para hacerme el gusto. Es un gato culto, voluptuoso, sensible a cualquier insinuación. Yo diría que incluso da la impresión de ser un gato con una inteligencia fuera de lo común. Es, por supuesto, rápido, ágil, resuelto. Se desplaza con elegancia por las altas habitaciones y por los sótanos. Tiene lugares secretos desde los que vigila y rumia su melancolía. Hace periplos desconocidos por la ciudad y luego regresa a horas inciertas. Se descuelga de las nubes y baja por las chimeneas. Le gusta dejarse acariciar, sobre todo en el cuello y te devuelve las caricias con infinitas lamidas. Entonces yo le cuento mis cosas y él, en ocasiones, me cuenta también las suyas. Claro, usted podrá pensar, que digo todo esto de manera interesada, pero no es así. Mi gato tiene un violín en la boca, no es distante ni frio y dice «¡miau!» con tal grado de convicción melódica que disipa cualquier duda sobre su identidad. Se lo digo yo, que soy su gata preferida. 






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lunes, 1 de octubre de 2012

Eduardo Llanos Melussa: "Aclaración preliminar"


 

 

 

  

Aclaración preliminar 


Si ser poeta significa poner cara de ensueño,
perpetrar recitales a vista y paciencia del público indefenso,
inflingirle poemas al crepúsculo y a los ojos de una amiga
de quien deseamos no precisamente sus ojos;
si ser poeta significa allegarse a mecenas de conducta sexual dudosa,
tomar té con galletas junto a señoras relativamente deseables todavía
y pontificar ante ellas sobre el amor y la paz
sin sentir ni el amor ni la paz en la caverna del pecho;
si ser poeta significa arrogarse una misión superior,
mendigar elogios a críticos que en el fondo se aborrece,
coludirse con los jurados en cada concurso,
suplicar la inclusión en revistas y antologías del momento,
entonces, entonces, no quiero ser poeta.
Pero si ser poeta significa sudar y defecar como todos los mortales,
contradecirse y remorderse, debatirse entre el cielo y la tierra,
escuchar no tanto a los demás poetas como a los transeúntes anónimos,
no tanto a los lingüistas cuanto a los analfabetos de precioso corazón;
si ser poeta significa enterarse de que un Juan violó a su madre y a su propio hijo
y que luego lloró terriblemente sobre el Evangelio de San Juan, su remoto tocayo,
entonces, bueno, podría ser poeta
y agregar algún suspiro a esta neblina.







Alberto Rodríguez Toscas: "Las derrotas"





Las derrotas 


Aquí comienza la enumeración de mis derrotas. Las que me propiné me propinaron. Les ordeno marchar en fila india como bestias marcadas con broquetas de azufre a la vista de una horda de ángeles. Les tapo los oídos para que no se distraigan con la euforia de los triunfadores. Las beso en la boca para que se distraigan con mi beso mientras pasa la quinta columna de los hombres felices. Este lunes, mis derrotas y yo nos pusimos de acuerdo para mirarnos a los ojos. Ya nos estamos viendo, rozando con los dedos, casi amándonos a la sombra indiferente de un cielo en llamas: Amigos idos, cuerpos enfermos, espíritus en ruina, vinos baratos, endiablados alcoholes, heridas en la cara, lenguas traidoras, mujeres en fuga, puertas clausuradas, plegarias, miedos, hambres, fiebres, cansancios, filias, fobias, héroes, mártires, extravíos de fe, hojas en blanco, naves a la deriva, falsos poemas, entierros, destierros, nombres propios, recónditos adioses, mis treinta y ocho años, todas las tumbas: mi madre en una de ellas, y polvo, polvo, mucho polvo cayendo sobre la realidad como chispas de agua sin consagrar en un bautizo embrujado. Ya fueron despedidas todas las plañideras. No habrá lamentos pero habrá un gemido. Un solitario gemido de papel a la luz de dos lunas. La mía y la vieja luna del mundo sobre cuyas laderas se acuestan con la muerte todos los derrotados. Buenos días, siglo. Por fin nos encontramos. Ojalá no hayamos llegado tarde a la cita.