sábado, 27 de octubre de 2012

Agustín Martínez Valderrama: "Náufragos con pies de piedra"






Náufragos con pies de piedra
 
A Edward John Smith, capitán del Titanic

¿El mar o la mar? Los marineros y los poetas suelen decir la mar. Yo no soy marinero, ni poeta, pero siempre digo la mar. Dicen que en Southampton también hay mar. Y marineros. Y poetas. Pero allí se dice the sea. Sólo the sea. The sea a secas. Será la costumbre. Lo que no varía es la cadencia. La cadencia con la que la mar se traga a los náufragos con pies de piedra. Aquí y en Southampton. Aunque allí se empeñen en decir todo el rato the sea. Sólo the sea. The sea a secas. Pero eso ya se dijo antes. Mucho antes. Casi al principio. También que en Southampton hay mar. Y marineros. Y poetas. Lo que no se dijo es que apenas hay árboles. Será para que no se cuelguen los poetas.
 




viernes, 26 de octubre de 2012

Rafael Lozano: "El enigma de la muerte"






El enigma de la muerte

 
¿Has visto alguna vez
el rostro de la muerte?
Yo he dormido junto a ella,
en una cama llena de algodones rojos.
En determinadas ocasiones
me la encontraba por los pasillos,
o sentada en el sofá
leyendo, tranquilamente el periódico.

¿Sabías que a la muerte le gustan las bellas escenas
y que a veces lagrimea de emoción
cuando expira alguna de sus víctimas?
Yo la he visto componer poemas,
dibujar suspiros,
y, por la noche, cuando las penas abruman,
mirar las estrellas.

Es extraña la muerte,
nadie la conoce afondo,
es como una metáfora perfecta
que se pierde en el espacio.
Triste experiencia la de aquellos
que quisieron descifrarla:
a esta señora le encanta el misterio.









jueves, 25 de octubre de 2012

Luis Mateo Díez: "El tilo"

 
 
 
El tilo
 
Un hombre llamado Mortal vino a la aldea de Cimares y le dijo al primer niño que encontró: avisa al viejo más viejo de la aldea, dile que hay un forastero que necesita hablar urgentemente con él.
Corrió el niño a casa del Viejo Arcino que, como bien sabía todo el mundo en Cimares, tenía más edad que nadie.
Hay un forastero que le quiere hablar con mucha urgencia, dijo el niño al Viejo.
Las prisas del que las tiene suyas son, la edad que yo tengo me la gané viviendo con calma, si quiere esperar que espere.
El hombre daba vueltas alrededor de un tilo muy grande que había en la entrada del pueblo. Cuando volvió el niño y le dijo lo que le había comentado el Viejo Arcino, estaba muy nervioso.
Es poco el tiempo que queda, musitó contrariado, una docena más de vueltas al árbol y termina el plazo.
El niño le miraba aturdido, el hombre le acarició la cabeza: lo que menos vale de la edad de un hombre es la infancia, dijo, porque es lo que primero acaba. Luego viene la juventud, siguió diciendo mientras volvía a dar vueltas, y nada hay más vano que las ilusiones que en ella se fraguan. El hombre maduro empieza a sospechar que al hacerse más sabio, más se acerca a la muerte, entendiendo que la muerte sabe más que nadie y siempre sale ganando. De la vejez nada puedo decir que no se sepa.
El Viejo Arcino llegó cuando el hombre estaba a punto de dar la docena de vueltas.
¿Se puede saber lo que usted desea, y cuál es la razón de tanta prisa?…, le requirió.
Soy Mortal, dijo el hombre, apoyándose exhausto en el tronco del tilo.
Todos los somos, dijo el Viejo Arcino. Mortal no es un nombre, Mortal es una condición.
¿Y aun así, aunque de una condición se trate, sería usted capaz de abrazarme?…, inquirió el hombre.
Prefiero besar a ese niño que darle un abrazo a un forastero, pero si de esa manera queda tranquilo, no me negaré. No es raro que llamándose de ese modo ande por el mundo como alma en pena.
Se abrazaron bajo el tilo.
Mortal de muerte y mortandad, musitó el hombre al oído del Viejo Arcino. El que no lo entiende de esta manera lleva las de perder. La encomienda que traigo no es otra que la que mi nombre indica. No hay más plazo, la edad está reñida con la eternidad.
¿Tanta prisa tenías…? inquirió el Viejo, sintiendo que la vida se le iba por los brazos y las manos, de modo que el hombre apenas podía sujetarlo.
No te quejes que son pocos los que viven tanto.
No me quejo de que hayas venido a por mí, me conduelo del engaño con que lo hiciste, y de ver asustado a ese pobre niño…
 
 
 
 
 

miércoles, 24 de octubre de 2012

Carmen Camacho: "Volví asqueada la espalda"


 

 

 

Volví asqueada la espalda



Volví asqueada la espalda
al sonido de su lápiz cuando anota
al margen de los versos
consagrados;
a la cerilla consumida
y atrapada por la luz
de neón blanco
de carne blanda
de lengua tosca
si lame,
si besa.

Para colmo,
dormí destapada.

Aquella noche
–sola ante el mundo y el lavabo-
deseé
a todos los imbéciles
menores de veinticinco.