Un lugar para la Poesía, el Microrrelato, la Ficción y otros textos errantes.
martes, 4 de diciembre de 2012
Giovanicabra: "Como la destrucción de una estrella"
Como la destrucción de una estrella
Como la destrucción
De una estrella;
Tu cintura
Entre mis manos...
Ahora
Las partículas nacientes
Gravitan
Amantes
De la destrucción.
lunes, 3 de diciembre de 2012
José María Merino: "La cuarta salida"
La cuarta salida
El profesor Souto,
gracias a ciertos documentos procedentes del alcaná de Toledo, acaba de
descubrir que el último capítulo de la Segunda Parte de El Quijote –
“De cómo Don Quijote cayó malo, y del testamento que hizo y su muerte”-
es una interpolación con la que un clérigo, por darle ejemplaridad a la novela,
sustituyó buena parte del texto primitivo y su verdadero final.
Pues hubo una
cuarta salida del ingenioso hidalgo y caballero, en ella encontró al mago que
enredaba sus asuntos, un antiguo soldado manco al que ayudaba un morisco
instruido, y consiguió derrotarlos.
Así, los molinos volvieron a ser gigantes,
las ventas castillos y los rebaños ejércitos, y él, tras incontables
hazañas, casó con doña Dulcinea del Toboso y fundó un linaje de caballeros
andantes que hasta la fecha han ayudado a salvar al mundo de los embaidores,
follones, malandrines e hipedutas que siguen pretendiendo imponernos su
ominoso despotismo.
domingo, 2 de diciembre de 2012
Giovanicabra: "Amanece lloviendo"
Amanece lloviendo
Amanece lloviendo
Y vuelven los latidos
Se pierde una palabra
Se consume el último aliento
Las últimas brisas
La gota de agua desconocida
La adición de los labios
El susurro del momento
El acorde secreto de tu canción.
Que no volverá
Que se perdió
...Y llueve despacio
Ojos marchitos que ven llover
Flores del letargo
sábado, 1 de diciembre de 2012
Ana María Matute: "Los relojes"
Los relojes
Me avergüenza confesar que hasta hace muy poco no he
comprendido el reloj. No me refiero a su engranaje interior -ni la radio, ni el
teléfono, ni los discos de gramófono los comprendo aún: para mí son magia pura
por más que me los expliquen innumerables veces-, sino a la cifra resultante de
la posición de sus agujas. Éstas han sido para mí uno de los mayores y más
fascinantes misterios, y aún me atrevo a decir que lo son en muchas ocasiones.
Si me preguntan de improviso qué hora es y debo mirar un reloj rápidamente, creo
que en muy contadas ocasiones responderé con acierto. Sin embargo, si algo deseo
de verdad, es tener un reloj. Nunca en mi vida lo he tenido. De niña, nunca lo
pedí, porque siempre lo consideré algo fuera de mi alcance, más allá de mi
comprensión y de mi ciencia. Me gustaban, eso sí. Recuerdo un reloj alto, de
carillón, que daba las horas lentamente, precedidas de una tonada popular:
Ya se van los pastores a la Extremadura.
Ya se queda la sierra triste y oscura...
También me gustaba un reloj de sol, pintado en la fachada
de una iglesia, en el campo. Este reloj me parecía algo tan cabalístico y
extraño que, a veces, tumbada bajo los chopos, junto al río, pasaba horas
mirando cómo la sombra de la barrita de hierro indicaba el paso del tiempo. Esto
me angustiaba y me hundía, a la vez, en una infinita pereza. Cómo me inquieta y
me atrae el tictac sonando en la oscuridad y el silencio, si me despierto a
medianoche. Es algo misterioso y enervante. Durante la enfermedad, si es larga y
debemos permanecer acostados, la compañía del reloj es una de las cosas
imprescindibles y a un tiempo aborrecidas. Me gustan los relojes, me fascinan,
pero creo que los odio. A veces, la sombra de los muebles contra la pared se
convierte en un reloj enorme, que nos indica el paso inevitable. Y acaso,
nosotros mismos, ¿no somos un gran reloj implacable, venciendo nuestro tiempo
cantado?
Deseo tener un reloj. Muchas veces he pensado que me es
necesario. No sé si llegaré a comprármelo algún día. ¿Lo necesito de verdad? ¿Lo
entenderé acaso?
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