No hay nada que irrite más que mirarse en el espejo. Quizás
sea porque son de las pocas cosas que se resisten a doblegarse ante nosotros. Por
eso, siempre que la ocasión me lo permite, entro en el aseo con la luz apagada, es la única manera de evitarlos. El problema es que como a mi mujer le gusta
tenerlos colgados por todas partes de la vivienda, no me ha quedado más remedio
que tapiar las ventanas de la casa, así es que, con el paso de los
años, noto que cada vez parpadeo menos
y que las aberturas de los ojos se me han cerrado. Ahora soy feliz porque, aunque ciego, esquivo, sin ningún
temor, la presencia de estos pulidos objetos tan indiscretos.
Un lugar para la Poesía, el Microrrelato, la Ficción y otros textos errantes.
martes, 12 de febrero de 2013
lunes, 11 de febrero de 2013
Antonio Gracia: "El secreto"
El secreto
(para Ángel L. Prieto de
Paula)
Cuando
sientas que el mundo te derrota,
no intentes
combatirlo.
Edifica un
castillo en tu interior
y cuelga
terciopelos y templanza
en sus
muros. Dispón un fuego manso
junto a la
mesa de la biblioteca.
Mira el
cielo brillar entre las llamas
y los
libros. Inúndate de luz
en la frágil belleza de los cuadros.
Escucha el
clavecín mientras tu pluma
persigue en
la escritura algún sosiego.
domingo, 10 de febrero de 2013
Rosa Yánez: "Echar de menos"
Echar de menos
La abuela está revolviendo la casa de
nuevo. No parece nerviosa, sólo obstinada en su búsqueda. Saca todas las cosas de los cajones y las
coloca de nuevo con cuidado. Mira tras los libros y va apartándolos por grupos
y colocándolos de nuevo; en ocasiones aprovecha y limpia el polvo oculto en la
parte de atrás. Se pone a escudriñar también en los armarios, entre la ropa, y
viene bien porque encuentra ese jersey que se pierde o el calcetín que había
dejado un gemelo solitario en el cajón. Incluso mira entre mis papeles, pero ya
no le riño porque me he cansado y sé que no serviría de nada. Cuando la veo
rebuscar en el cajón de mi ropa interior me preocupo un poco, pero enseguida
continúa su inspección por otro lado.
Cuando a la abuela le da por registrar la casa, se pasa
unos días concentrada en ello y es mejor dejarla. Luego se le pasa y se vuelve
a su butaca, a mecerse con esa apariencia tranquila mientras mira a través del
balcón abierto, aprovechando algún rayo de sol y con los dedos enredados en una
labor de punto que nunca se sabe si avanza hacia algo concreto pero que siempre
la acompaña. No sabemos qué busca la abuela, ni hay forma de que ella lo
explique porque hace mucho que no habla y apenas asiente o niega con la cabeza
para responder a las preguntas cotidianas -¿quiere usted cenar? ¿le traigo una
manta?- A mí lo que me inquieta de sus búsquedas es que mamá me dijo que las
lleva haciendo toda la vida y que no son cosas de la vejez como yo había
creído. Y me preocupa, sobre todo, el arrebato que siento a veces de ponerme a
buscar con ella.
sábado, 9 de febrero de 2013
Elvira Lozano: "La ciudad de las palabras"
La ciudad de las palabras
A veces creo que triste
me siento más tranquila.
Quizá sea
una forma de luchar
con la mentira, o que hoy
no me queden más lágrimas
con que borrar tus huellas.
A veces creo que triste
es más fácil escapar
de la incoherencia:
pasear a solas, creer
en todas las mentiras
o en ninguna, dibujar
el escenario desnudo
de tu vida.
Sin adornos, armada
sólo con miradas, te ofrezco
inventar un mundo donde
de veras quepan las palabras.
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