miércoles, 30 de abril de 2014

Rafael Lozano: "Haikus" (1)



Obra de John Everett Millais





Haikus (1)

Y si me miras,
no hay eclipse de sol
que me desarme.

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Tienen tus besos
el bálsamo mágico
que me relajan.

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El ayer y el hoy
son parientes lejanos
de la mañana.

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El sol se oculta
cada vez que te asomas;
¿será por miedo?

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La revolución
es una necesidad
que no se nota.

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Desde la altura,
los dioses envilecen
nuestros tormentos.

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Hágase en mí
tu mórbido deseo:
ser beso tuyo.

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La primavera
¿llega para quedarse
o es pasajera?














lunes, 28 de abril de 2014

Rafael Lozano: "Antes de ti no había nada"



 Obra de Edvard Munch





Antes de ti no había nada


Antes de que tu vinieras
no existía el mundo.
Todo era una masa amorfa
donde el rey del universo
era el invierno.

No había bocas,
ni besos,
ni gemidos,
ni uñas,
ni abrazos.

Antes de que tu nacieras
-quiero decir,
antes de que tu fueras-,
todo estaba muerto.
No había flores en las miradas,
ni gotas en los aguaceros;
 los pájaros no cantaban,
el sol
era un quinquel sin petróleo,
y el amor
el difuso laberinto 
donde quedábamos atrapados.

Todo era silencio,
vacíos,
miedos,
precipicios...
Hasta que apareciste tú.
Entonces el universo se aquietó,
tomó forma definitiva,
y desde entonces
puedo mirar al frente
sin que me duela el costado.

 





viernes, 25 de abril de 2014

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (14)





 Obra de John William Waterhouse



La lentitud de los bueyes


14


Aún nada alienta en la alameda de los sueños y ya el carro de los cómicos se aleja lentamente.

Marchan a alimentarse de tristeza en otro pueblo habitado por perros.

Nadie ha salido al camino a romper el silencio. Nadie de los que anoche se reían con cansancio tras las bombillas rojizas de la plaza.

Solamente los perros, pegados a sus ruedas, se resisten al olvido brevemente.



("La lentitud de los bueyes", ediciones Hiperión 1988)



martes, 15 de abril de 2014

Rafael Lozano: "La casa"



 
 
Pintura de Doug Kreuger

 

 

La casa

 


La casa blanca, situada en un altozano que ofrecía la tierra, es la referencia primera que encuentras tras salir del lóbrego bosque de  hayas que la rodea. Presenta un abandono indefinido, ocupadas la mayor parte de sus paredes por grandes lienzos de hiedras. Las hojas de las ventanas, sin cristales, están a merced del fuerte viento que, a diario, las azota, produciendo con sus continuos golpes un estruendo que cala  los huesos.
La casa tiene dos plantas con pisos de madera exótica; las paredes interiores, o lo que quedan de ellas, aún ofrecen restos del forrado con telas y, sobre una de ellas, el marco de lo que un día fuera un dorado espejo.
Poco más queda de la casa. Sobre el suelo empolvado de una de las estancias, algunos libros esparcidos sin portadas y, al fondo, en el hueco que deja dos medias paredes, una muñeca sin piernas ni cabeza, sentada dócilmente sobre una desvencijada mecedora.