jueves, 17 de julio de 2014

Rafael Lozano: "Cojeando"





Obra de Abraham González Pacheco






Cojeando


Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. Era la hora del día que prefería. Me mezclaba entre la chiquillería sorteando toda clase de adversidades y, entre restos de bocadillos y pedradas que me lanzaban, buscaba la recompensa que tan penosamente se me resistía. Hay días en que, como hoy, sólo he recibido tres puntapiés en las costillas y un paraguazo en la cabeza, pero a cambio, uno de los niños me ha pasado la mano por el lomo y me ha rascado la mandíbula inferior. ¡Guaauuu! Y es que,  para un chucho callejero, más que al dolor físico, es el hambre de afecto lo que tememos. 










lunes, 14 de julio de 2014

Amalia Bautista: "Hilos de seda"



Edward Hopper




 

Hilos de seda

 


Pensaron que era la paciente esposa
de un héroe
La que espera noche y día
tejiendo y destejiendo
La que ignora que nunca vuelve
el mismo que ha partido
Y solo soy una maldita araña

Siempre creí que solo las palabras
salían de mi boca, y que eran ellas
las que lograban aplazar mi muerte.
Hoy sé que de mi boca sale un hilo,
transparente y tenaz como un insomnio,
que te ha atado a mi vida para siempre 

Llevo casi mil noches fabulando,
me duele la cabeza, tengo seca
la lengua y agotados los recursos
y la imaginación. Y ni siquiera
sé si me salvaré con mis mentiras








jueves, 10 de julio de 2014

Rafael Lozano: "El camino"





Obra de Claude Monet




El camino




El camino parte de la vieja y abandonada aldea minera: seis casuchas semiderruidas, con sus respectivos corrales,  reciben al visitante nada más bajar del autobús. De una de las calles traseras, encajonada ya en las primeras cuestas del macizo, parte el camino que serpentea sobre la loma de un cerro que dificulta la marcha e impide la visión del paraje idílico que esperamos encontrar. De vez en cuando es menester hacer un alto en la marcha para reponer fuerzas en uno de los numerosos manantiales que nos regala el lugar. Una vez superado el obstáculo, el camino se relaja por un valle que abre los brazos en actitud de acogimiento, y avanza, paralelo, junto a unas inutilizadas vías férreas, hasta llegar a lo que, en su tiempo, fue la estación donde se cargaba el mineral que se extraía en la zona. Desde este viejo edificio hasta la finalización del trayecto, poco recorrido le queda; a esta altura, el camino abandona la herrumbrosa compañía de las vías y finaliza, bajando una última e inclinada pendiente, al borde de un disciplinado pantano.











lunes, 7 de julio de 2014

Luis Mateo Díez: "Un tesoro"





Obra de Sandro Chio




Un tesoro 


Viajé a la pequeña ciudad donde nació mi mujer una tarde de febrero.

Iba a cumplir una de esas últimas voluntades que uno asume con más conciencia del dolor y la memoria que de la necesidad de hacerlo, todavía contagiado por la emoción de aquella ausencia que el tiempo no lograba paliar.
Rosa quiso, y estoy seguro de que era una especie de capricho derivado de aquellas obsesiones finales que tanto la asediaban, que buscase una medalla en un preciso rincón del patio de la escuela donde habían transcurrido muchos recreos de su infancia.
Es curioso que alguien pueda detallar con tanta exactitud el lugar de un diminuto y trivial tesoro perteneciente a un pasado personal tan remoto, que en esos momentos tan graves de la enfermedad fatal sobrevenga el recuerdo de un suceso infantil que posiblemente no volvió a brotar nunca hasta ese instante.
Debajo de un ladrillo, en el sitio exacto, estaba la medalla enmohecida. Tembló en mis dedos mientras logré limpiarla y descubrir el rostro indeciso de una Virgen.

-¿Qué haces...? -dijo alguien a mi espalda. Una niña coja con un cabás en la mano izquierda me miraba con gesto severo e indignado.

-¿Por qué me la robas? – repitió.
Tendía la mano derecha con decisión y apenas sin reaccionar deposité en su palma la medalla.

Desde entonces me he sentido despojado de la memoria de mi amor por Rosa y me voy convenciendo, con gran dolor, de que más allá de la desgracia de haberla perdido está la desesperación de presentir que nunca fue mía.

La dueña del tesoro huyó por el patio y desde las aulas se escuchaba como un turbio rumor el canto de multiplicar.