martes, 31 de marzo de 2015

Ana Pérez Cañamares: "Así sois, capitalistas"










ASÍ SOIS, CAPITALISTAS




Así sois, capitalistas. 
En el último momento 
cuando estamos a punto
 de estamparnos contra el suelo 
siempre nos echáis una mano. 
No para ayudar ni para disimular 
sino para acelerar el final de la caída.




(De "Economía de guerra", Editorial Lupercalia, 2014)






lunes, 30 de marzo de 2015

Agustín B. Sequeros: "Altercado"











ALTERCADO


"Wil je me verlaten, poëzie?" 
(Remco Campert, 
De Stad, 2014)

 Para Armando Corveille Guerra 




¿Me vas a dejar 
aquí tirado, poesía,
a esta hora impropia de la tarde?

Me das la espalda
como a un amante desechado, 
sin volver la vista atrás.

Caerás de bruces
en la gola untuosa de algún bardo.

Te dejarás seducir
por el hocico baboso
de poetas pedantes.

Irás a adorar en aquelarre
a algún infame flatulento
en comandita con machorros
y aleladas beatas
de la nueva era.

Vete.

Seguiré solo, 
en la búsqueda
del festín de la palabra.



 (Marzo, 2015)






sábado, 28 de marzo de 2015

Ángel González: "Me basta así"













ME BASTA ASÍ



Si yo fuese Dios
y tuviese el secreto,
haría un ser exacto a ti;
lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
—de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso—;
                                                      entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando -—luego—- callas...
 
(Escucho tu silencio,
                                      oigo
constelaciones: existes.
                                          Creo en ti.
                                                             Eres.
                                                                       Me basta).

 


(De "Palabra sobre palabra", Editorial Seix Barral, 1997)





viernes, 27 de marzo de 2015

Ana María Matute: "Polvo de carbón"







POLVO DE CARBÓN

 
La niña de la carbonería tenía polvo negro en la frente, en las manos y dentro de la boca. Sacaba la lengua al trozo de espejo que colgó en el pestillo de la ventana, se miraba el paladar, y le parecía una capillita ahumada. La niña de la carbonería abría el grifo que siempre tintineaba, aunque estuviera cerrado, con una perlita tenue. El agua salía fuerte, como chascada en mil cristales contra la pila de piedra. La niña de la carbonería abría el grifo de agua los días que entraba el sol, para que el agua brillara, para que el agua se triplicase en la piedra y en el trocito de espejo. Una noche, la niña de la carbonería despertó porque oyó a la luna rozando la ventana. Saltó precipitadamente del colchón y fue a la pila donde a menudo se reflejaban las caras negras de los carboneros. Todo el cielo y toda la tierra estaban llenos, embadurnados del polvo negro que se filtra por debajo de las puertas, por los resquicios de las ventanas, mata a los pájaros y entra en las bocas tontas que se abren como capillitas ahumadas. La niña de la carbonería miró a la luna con gran envidia.
“Si yo pudiera meter las manos en la luna”, pensó. “Si yo pudiera lavarme la cara con la luna, y los dientes y los ojos”.
La niña abrió el grifo y, a medida que el agua subía, la luna bajaba, bajaba, hasta chapuzarse dentro. Entonces la niña la imitó. Estrechamente abrazada a la luna, la madrugada vio a la niña en el fondo de la tina.