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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Ernesto Ortega: "Hormigas"


 

 

 

Hormigas


Desde que te fuiste la casa ha comenzado a llenarse de hormigas. Están en todas partes. Dentro de los armarios, debajo del fregadero, en las rendijas de las ventanas. Sentado en el sofá, las veo desfilar por el salón, cargando con nuestras cosas: las migas de las tostadas que preparábamos los sábados para desayunar, las piedras que cogimos en una playa de Cádiz, esa forma que tenías de tocarte la nariz cuando pensabas en tus cosas. Ayer las descubrí huyendo del dormitorio, llevándose nuestra canción favorita a cuestas.






jueves, 19 de septiembre de 2013

Ernesto Ortega: "Desintoxicación"









Desintoxicación




El médico me prohibió leer. Cogió un bolígrafo y anotó algo sobre el cuaderno. Le hubiese quitado el boli allí mismo. Apreté los puños por debajo de la mesa y mentí: quiero dejarlo. De momento, no iban a internarme, pero debía olvidarme de los libros. Si no lograba vencer la enfermedad tendrían que meterme en esa clínica tan prestigiosa. Me hicieron pasar a una sala mientras el médico hablaba con mis padres. Al llegar a casa, tiraron los libros que tenía escondidos debajo de la cama y dieron mi nombre en las pocas librerías y bibliotecas que quedaban abiertas para que me prohibiesen la entrada. Nunca me dejaban solo. Les engañaba. Me encerraba en el baño y leía la composición de los champús o les acompañaba al supermercado y me paraba en la sección de congelados a repasar los ingredientes. Pero me sabía a poco. Empecé a robar. En el metro miraba de reojo al viajero de al lado y me hacía con nombres y adjetivos del periódico que estaba leyendo. Pillé un verbo transitivo de una carta del banco que sustraje del buzón del vecino. Conseguí dos preposiciones en un carnet de identidad y algunos adverbios, aunque terminados en mente, en un folleto que me dieron en la calle. Cuando asalté una biblioteca, me internaron. El día que entré en la clínica, vi salir al gran Manu Espada. Había engordado y no llevaba ese pelo engominado que le caracterizaba. Tenía mejor aspecto. En mi grupo de terapia, reconocí a Lola Sanabria y a Ana Vidal, entre otros. Pronto descubrí el mercado negro. Al apagar las luces de las habitaciones, nos reuníamos en los baños y traficábamos con palabras. Cambiábamos adverbios por preposiciones y dábamos nuestra alma por encontrar a quien tuviese el adjetivo perfecto. Por la noche componíamos microrrelatos, los memorizábamos y al día siguiente, a la hora del paseo, lejos de los ojos de los enfermeros que se distraían con la televisión, nos los recitábamos unos a otros. Cuando salí, todos pensaban que me había curado.









miércoles, 26 de junio de 2013

Ernesto Ortega: "La chica del carrito"









La chica del carrito




Tenía el pelo más corto, pero se parecía tanto a mí que hasta mi madre nos hubiese confundido. Llevaba un tiempo observándola. Sujetaba el carrito de un niño y esperaba a alguien, porque no paraba de mirar el reloj cada minuto, como si necesitase comprobar que transcurría el tiempo. Éramos prácticamente idénticas. Me di cuenta de que me estaba mordiendo las uñas. Cuando me pongo nerviosa, no puedo evitarlo. Es una manía que tengo desde niña. Entonces, llegó él. Lo reconocí enseguida, aunque habían pasado más de cinco años desde la última vez que nos habíamos visto. Estaba más gordo y llevaba barba, pero todavía conservaba la misma sonrisa y la misma mirada que habían hecho que me enamorase de él. Le dio un beso y luego se inclinó sobre el carrito y le hizo carantoñas al bebé. Hubiese querido acercarme a ellos y preguntarles tantas cosas. Averiguar si él había conseguido acabar Derecho o si continuaba levantándose cada mañana para correr. Pedirle perdón. Saber si ella le seguía poniendo tres cucharadas de azúcar al café o si había dejado, por fin, de morderse las uñas. Descubrir si tenían un perro o si habían cumplido su sueño de viajar a Australia. Me habría gustado coger al niño en brazos. ¿Qué nombre le habrían puesto? ¿Luis, como él? ¿A quién de los dos se parecería? ¿Tendría sus ojos? ¿Habría heredado mi nariz? Pero no me atreví. Calle abajo, vi alejarse mi otra vida.