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sábado, 11 de abril de 2015

Alberto Rodríguez Tosca: "Las vidas tranquilas del dolor"
















LAS VIDAS TRANQUILAS DEL DOLOR



Vienen y van como cometas perdidos en una galaxia enemiga. Arden en la fragancia de los trinos y no se comprometen si no con sus propias estelas de agua. Son las vidas tranquilas del dolor. La calma chicha de la sangre agujereada por alfileres de seda. La fuente. El puente. Una estación para sembrar pequeños botones de bocas cerradas. El silencio no es humano. Lo alquilan en la tierra para falsificar la gloria de los dioses. Pero si callas hoy mañana te será dado un reino de noches sin culpas y devuelta la devoción por la música de los desiertos. No soy digno de decir lo que digo. Pero la madrugada será larga y nadie llamará para decir que no soy digno de decir lo que digo. Una cerveza, un ánfora, una foto, un perro, un vaso, un puerto, una tumba de más, una conversación con las estrellas y un país. Así transcurren las vidas tranquilas del dolor. Entre un cuerpo que tiembla y una ventana por donde alguna vez se fugó el día.












lunes, 25 de febrero de 2013

Alberto Rodríguez Tosca: "El sufrimiento armado"






El sufrimiento armado 


Se sufre porque la vida sin dolor es una desvergüenza, un acto de cobardía que el que esto escribe ni ninguno de sus amigos se permitiría jamás.
Rafael Alcides.



Que yo no sufra este dolor como César Vallejo
no me da tanta pena como que no lo sufra como yo mismo.
Lo sufro como mi otro yo y eso me llena de una doble amargura.
Y si ese otro fuera mi segunda posibilidad
tampoco me dolería tanto,
pero resulta que ese Otro
es en Sí Mismo una voluntad de ser Uno,
y lo que es peor, una voluntad que me obliga
a ser la falsa imagen de su esperanza en el espejo.
Cuando el otro se mira yo lo estoy engañando,
sin embargo estoy a su servicio.
Entre él y yo hay tanta distancia, como entre yo
y mi deseo de ser Uno.
La vida sin dolor es una desvergüenza, pero si el dolor
no encuentra un cimiento donde pararse a cavilar
es desvergüenza dos veces.
El dolor es como el hombre, si el techo es propio
come hasta llenarse, si es ajeno
come lo que le sirven y espera a llegar al suyo
para servirse él mismo.
No se tema llevar el dolor por ahí con uno,
sentarlo a la mesa y presentarlo a los amigos,
con ternura, con dignidad, como se presenta una novia.
Si no lleva carné no se identifique con el dolor
porque estaría provocando la ira de los dioses
y de los hombres, y la desvergüenza sería infinita.
Y si alguna vez se le ocurre escribir un poema sobre el dolor,
-que por muchos disfraces que le ponga siempre será su dolor-
no se le ocurra escribir otro,
pues no lo sufriría como César Vallejo, ni como usted mismo,
y el primer cuchillo podría cortarle la mano.













miércoles, 13 de febrero de 2013

Alberto Rodríguez Tosca: "Eran labios oscuros y palabras oscuras"






Eran labios oscuros y palabras oscuras



Eran labios oscuros y palabras oscuras.
Inventarios dormidos y balanzas de dudoso equilibrio.
Eran pasos cruzados y sueños y vigilias. Y vigilias
perdidas y sueños restaurados. Eran mapas y mapas.
Ciudades y secretos. Un forastero hablando de la vida.
Era la vida. Una guerra mundial en un retrato
en que mi madre está triste y yo estoy muerto.
Era un caballo blanco y un número infinito.
El juicio de la noción y de la máscara.
Noción del cielo máscara de un dado.
Era mi hermano que me iba a perdonar
pero no entonces sino un día.















miércoles, 19 de diciembre de 2012

Alberto Rodríguez Toscas: "El extranjero"



 

 

 

El extranjero

 

Hoy me puse mis galas de extranjero para salir a caminar. Esta ciudad no es mía. La recorro sin prisa. Dejo que me recorra como lo haría la mano de una niña abandonada en una caja de cartón ante la puerta de un prostíbulo. La ciudad ignora que yo existo. Me escurro entre portales, columnas, puentes, autos, muros, gente. Soy un fantasma aferrado a su túnica como al último madero de un bosque a punto de zozobrar entre las ruinas de un suburbio en llamas. En cada esquina me aseguro de que aún llevo la isla en peso doblada en el bolsillo. Asechan los ladrones. Los asesinos cumplen su ronda alrededor de los ensueños del paseante solitario. Despiertan exhaustos los amantes al regreso de la dura faena. Si algo le pasara a la isla en peso que llevo en el bolsillo, la lluvia que ha empezado a caer quedaría congelada en el aire y tendríamos que abrirnos paso por entre espadas de hielo. Si algo le pasara a la isla que llevo en el bolsillo. Me resguardo en la barra de un bar del barrio La Concordia y pido una cerveza y un reloj. Busco el aturdimiento en el reloj y la hora exacta en la cerveza. Escribo este poema al dorso de la carta donde me advierten que debo seis meses de alquiler. ¿Será muy tarde ya para rendirle cuentas de las derrotas de anoche a la noche de las derrotas de mañana? En la mesa contigua un hombre llora, otro habla con la sombra de un barco que navega desconsoladamente en la pared. Yo pago la cerveza y vuelvo a la intemperie de un mundo que gira a la velocidad de un lirio. Sí, esta ciudad no es mía, pero tampoco de quienes la heredaron. Es del alba, es del sueño, es de la noche. Por eso hoy todos nos pusimos las galas de extranjero para salir a caminar.







lunes, 1 de octubre de 2012

Alberto Rodríguez Toscas: "Las derrotas"





Las derrotas 


Aquí comienza la enumeración de mis derrotas. Las que me propiné me propinaron. Les ordeno marchar en fila india como bestias marcadas con broquetas de azufre a la vista de una horda de ángeles. Les tapo los oídos para que no se distraigan con la euforia de los triunfadores. Las beso en la boca para que se distraigan con mi beso mientras pasa la quinta columna de los hombres felices. Este lunes, mis derrotas y yo nos pusimos de acuerdo para mirarnos a los ojos. Ya nos estamos viendo, rozando con los dedos, casi amándonos a la sombra indiferente de un cielo en llamas: Amigos idos, cuerpos enfermos, espíritus en ruina, vinos baratos, endiablados alcoholes, heridas en la cara, lenguas traidoras, mujeres en fuga, puertas clausuradas, plegarias, miedos, hambres, fiebres, cansancios, filias, fobias, héroes, mártires, extravíos de fe, hojas en blanco, naves a la deriva, falsos poemas, entierros, destierros, nombres propios, recónditos adioses, mis treinta y ocho años, todas las tumbas: mi madre en una de ellas, y polvo, polvo, mucho polvo cayendo sobre la realidad como chispas de agua sin consagrar en un bautizo embrujado. Ya fueron despedidas todas las plañideras. No habrá lamentos pero habrá un gemido. Un solitario gemido de papel a la luz de dos lunas. La mía y la vieja luna del mundo sobre cuyas laderas se acuestan con la muerte todos los derrotados. Buenos días, siglo. Por fin nos encontramos. Ojalá no hayamos llegado tarde a la cita.



viernes, 28 de septiembre de 2012

Alberto Rodríguez Tosca: "Viéndolas llegar a la Universidad"

 

 

 

 Viéndolas llegar a la Universidad

 

Cuántas de estas muchachas
amanecieron hoy en brazos de otro,
después de haber hecho el amor una
y otra vez en el largo delirio de la infancia
crecida. Cuántas reventaron de fiebre
esta mañana mientras yo convalecía de mí
y me abrazaba a mis sudores como un náufrago
se abraza a un tronco para soñar con una orilla.
Con cuántas orillas y frutas y veranos soñaron
estas muchachas hoy al final de la ruda faena.
Yo las veo subir las escaleras de la Universidad
y se me parte el alma. ¡Cómo envidio a ese otro
que esta mañana deambuló en sus senos, se ahogó
en sus labios y murió en sus caderas! Cuántas
de estas muchachas imaginan que en la ciudad
un hombre se muere por ellas y madruga sólo
para verlas subir y deletrear con letras ciegas
las habilidades de sus cuerpos desnudos
contoneándose al ritmo del tic tac de un reloj.
¡Si supieran estas muchachas lo que vaga ese hombre
al verlas pasar con el pelo aún mojado y la sonrisa
del placer todavía desarmándose en sus bocas! Si
lo supieran, dejarían de subir las escaleras y correrían
a comprar una cuerda para llegar a su balcón y secarle
esa lágrima que corre sólo por ellas que amanecieron
hoy en brazos de otro haciendo el amor una y otra vez
en el largo delirio de la infancia crecida.