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lunes, 16 de junio de 2014

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (15)





Obra de Albert Aublet French







La lentitud de los bueyes



15


Cuando vuelvas a casa, te explicaré el sonido del sol entre los fresnos y el sabor de los panes más antiguos.

Te llevaré en silencio hasta un lugar de brezos.

Te mostraré la gruta helada del deseo donde se esconden treguas verdes y hogueras esparcidas, y tú serás, bajo mi vientre, como sangre mordida.

Entonces, desgranaré en grumos azules el silencio.

Mi voz es vieja (y tú lo sabes) como campana colgada del vacío. Mas no hallará paredes despobladas donde ocultar sus ecos más profundos, ni habrá viñas agraces sembradas en su asombro.

Porque, ya para entonces, la mansedumbre habrá brotado como vinagre vertida sobre el sueño, y no habrá quien reclame los surcos desolados de tu ausencia.

Cuando vuelvas a casa, te explicaré el rumor de las ortigas en la sangre.



("La lentitud de los bueyes", ediciones Hiperión 1988)








viernes, 25 de abril de 2014

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (14)





 Obra de John William Waterhouse



La lentitud de los bueyes


14


Aún nada alienta en la alameda de los sueños y ya el carro de los cómicos se aleja lentamente.

Marchan a alimentarse de tristeza en otro pueblo habitado por perros.

Nadie ha salido al camino a romper el silencio. Nadie de los que anoche se reían con cansancio tras las bombillas rojizas de la plaza.

Solamente los perros, pegados a sus ruedas, se resisten al olvido brevemente.



("La lentitud de los bueyes", ediciones Hiperión 1988)



viernes, 20 de diciembre de 2013

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (12)










La lentitud de los bueyes
 


12


De vez en vez, la tristeza.

No esa tristeza dulce y húmeda que empaña los cristales en las tardes de invierno.

Me refiero a la tristeza que amarga en la lengua. Hablo de la tristeza que madura lentamente en el panal del corazón.

De pronto nos inunda como luz de un farol negro. Como el ladrón que nos aborda en un recodo del camino.

Amarga por lo antigua y por lo intensa. Quema como resina vertida en el dolor.

Es la tristeza que queda como poso del olvido.





("La lentitud de los bueyes", Ediciones Hiperión, 1988)




 

jueves, 5 de diciembre de 2013

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (8)


 

 Obra de Víctor Solana Espinosa

 

 

 

La lentitud de los bueyes





8


Vuestro silencio y mi quietud se compensaron mientras duró el invierno y el fuego azul de los sarmientos.

Vuestro silencio fue más viejo y apagado que mi ausencia.

Después, alguna tarde, nos agrupamos todos en las tabernas de la desposesión, y allí bebimos el vino más amargo de la tierra.

La materia, inferior al instinto, cayó sobre nosotros en aluvión de piedras y retama.

Y ahora ocultamos en lugar seguro la sangre de aquel árbol que resistió al diluvio y al amor del esparto.

Ahora el silencio resuena en la mañana con timbres nunca oídos y su vientre destila grumos agrios.

Nadie conoce el valle del silencio ni las acequias verdes que cruzan nuestras almas.

Nadie se acerca hasta el lugar agreste donde madura la locura como un fruto.

Pues el silencio crece como vid silvestre y nuestros cuerpos rezuman mansedumbre.



("La lentitud de los bueyes", Ediciones Hiperión, 1988)




martes, 1 de octubre de 2013

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (7)


 

 

 

 

La lentitud de los bueyes

 



7


Hay racimos de soledad en tus manos, desposesiones más antiguas que la sangre.
  
Huyen los años de tus ojos como bandadas de cometas por las plazas maduras. (Sólo quedan bueyes rumiando su tristeza.)

Has conocido, entre gavillas de silencio, el sabor amarillo de mis pasos, el humo indescifrable de las brasas sin tiempo.

Nunca mi lejanía se amasó con barro, pero puse en tu boca las yemas más quemadas y los besos más lentos. Nunca mi lejanía se espesó hasta tu cuerpo.

Como una fuente vieja, azul desde su olvido, arrinconaste el miedo en arcas inviolables.

Ni siquiera el dolor estalla entre tus labios. Ni siquiera la antigua, la salada tristeza de mis besos.











jueves, 20 de junio de 2013

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (3)











La lentitud de los bueyes


 3



Nada trasciende la densa mansedumbre de esta tarde.

Todo está en calma delante de mis ojos: las cigüeñas varadas sobre el silencio, y los frutales florecidos más allá del tendido del ferrocarril.

En odres muy antiguos, tan antiguos que ni siquiera el dolor puede alcanzarles, está guardado el tiempo. Y su costumbre deja posos más ácidos y azules que el olvido.

Como hierba crecida entre   ruinas, la soledad es su único alimento y, sin embargo, su sustancia es tan dulce como nata crecida.

Abstenéos, no obstante, de ponerle interrogantes amarillas o de buscar dioses de trapo allí donde existen solamente aguas absurdas.

De todos es sabido que el tiempo no posee otra grandeza que su propia mansedumbre.




sábado, 11 de mayo de 2013

Julio Llamazares: "La lentitud de los bueyes" (1)


 

 


La lentitud de los bueyes

 

1



Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora.

Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve. Todo tan blando como las bayas rojas del acebo.

Nuestro abandono es grande como la existencia, profundo como el sabor de las frutas machacadas. Nuestro abandono no termina con el cansancio.

No es un error la lentitud, ni habitan nuestra alma las oquedades del conocimiento.

En algún zarzal lejano anida un pájaro de aceite que nace con el día. Siento su sed granate algunas veces. Su abandono es tan dulce como el nuestro.

Su lentitud no está desposeída de costumbre.







sábado, 29 de septiembre de 2012

Julio Llamazares: "La lluvia amarilla"










La lluvia amarilla (Fragmento)


A través de la ventana, podía ver el pantalón hundido y devorado por el musgo del molino y los reflejos temblorosos de los chopos sobre el río: inmóviles, solemnes, como columnas amarillas bajo la luz mortal y helada de la luna. Todo estaba en silencio, envuelto en una paz tan densa e indestructible que acentuaba más aún la desazón que yo sentía. A lo lejos, sobre la línea de los montes, los tejados de Ainielle flotaban en la noche como las sombras de los chopos sobre el agua. Pero, de pronto, hacia las dos o las tres de la mañana, un viento suave se abrió paso sobre el río y la ventana y el tejado del molino se llenaron de repente de una lluvia compacta y amarilla. Eran las hojas muertas de los chopos, que caían, la lenta y mansa lluvia del otoño que de nuevo regresaba a las montañas para cubrir los campos de oro viejo y los caminos y los pueblos de una dulce y brutal melancolía. Aquella lluvia duró solo unos minutos. Los suficientes, sin embargo, para teñir la noche entera de amarillo y para que, al amanecer, cuando la luz del sol volvió a incendiar las hojas muertas y mis ojos, yo hubiese ya entendido que aquella era la lluvia que oxidaba y destruía lentamente, otoño tras otoño y día a día, la cal de las paredes y los viejos calendarios, los bordes de las cartas y de la fotografías, la maquinaria abandonada del molino y de mi corazón.




viernes, 31 de agosto de 2012

Julio Llamazares: "Madera de escritor"










 

 Madera de escritor



Cuando él vio el bosque que habían talado para publicar sus libros, el escritor dejó de escribir. De repente, tuvo una visión: Madrid era un gran libro lleno de personajes y cada ventana de sus edificios era una página.