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martes, 26 de noviembre de 2013

Pedro Sánchez Negreira: "Ausencia"


 
 

Pintura de Vicente Maeso






 

Ausencia


La decisión de ocultarle el accidente porque era muy pequeña para entender la tragedia y asumir la magnitud de la pérdida fue de su madre, que apostó por ignorar la tozudez de la realidad y así escamotearle el sufrimiento. Pero los niños siempre distinguen los sentimientos que se embozan detrás de las palabras.

A pesar de la inocencia de sus cuatro años, durante el día ella finge que todo es igual que antes; pero por las noches se duerme con los ojos preñados de lágrimas perennes que nacen de su desconcierto y su miedo a esas pesadillas que no dejan de asediarla.

Cada noche estoy con ella mientras el sueño vence su resistencia y espero a su lado hasta que despierta temblando y me llama a gritos, con un “Papaaaaa” desgarrador. Entonces me acerco a consolarla y le susurro al oído que no tenga miedo, que todo está bien, que papá ya está aquí para cuidarla.

Pero la escena se repite una noche tras otra. Aunque mis palabras parecen tranquilizarla, se estremece, aterrada, cada vez que su madre se presenta en la habitación y –con un gesto percudido de desconsuelo- le repite que ya le ha dicho muchas veces  que no me llame, que estoy muy lejos y que no sabe cuándo podré volver.

martes, 13 de agosto de 2013

Pedro Sánchez Negreira: "Preguntas abiertas"









Preguntas abiertas



En el instante en que le doy la espalda –después de un polvo subrepticio en el cuarto de los manteles del restaurante donde celebra la comunión de su hija pequeña– con el vestido aún arrollado alrededor de su cintura y el tanga en el suelo –enganchado al tacón de su zapato de fiesta– me pregunta, en un susurro como de letras minúsculas, si la amo de verdad o lo hago sólo por joder a su marido. Su marido –conviene aclararlo– no es otro que el cabrón de mi jefe.
Me vuelvo y tomo su cara entre mis manos, mientras dejo que mi mirada se pasee por su piel percudida en un falso moreno, como de cartón antiguo.  Me acerco dos pasos hacia ella hasta notar el roce de sus pezones en mi camisa.  Al tiempo que cuelo mi muslo entre sus piernas, acerco mi boca a su oído con el único fin de que mi perfume se pegue a sus dudas. Entonces la miro a los ojos y sonriendo le respondo: "¿Tú qué crees?".






viernes, 17 de mayo de 2013

Pedro Sánchez Negreira: "El abrigo"






 El abrigo

Lo veo cada mañana, de camino al Banco. "Buenos días" le digo siempre que paso a su lado, pero él ni siquiera desvía la atención del libro que suele tener entre sus manos. Nunca me contesta y sin embargo yo no puedo dejar de pensar en él hasta que llego a mi despacho y cuelgo el abrigo en el perchero. A partir de ese momento lo olvido hasta la mañana siguiente porque jamás lo veo al volver.
Lo conozco desde que me nombraron director de la sucursal y he de cruzar la plaza al ir a la oficina. En el bar comentan que aunque nadie le ha visto dormir allí, sí lo ven rondando por la zona de la fuente a todas horas, murmurando frases sueltas al vacío. Los mayores cuentan que apareció un día, poco después del incendio de la iglesia y que, a pesar de su aspecto, es inofensivo. Aunque jamás le vemos con una botella, Marcos —mi interventor— especula con que será una víctima más del alcohol o del caballo. Marta —la cajera— apuesta porque es otro damnificado de los desahucios. Los niños del barrio, ávidos de miedos, atribuyen su actitud huraña y su voz pulmonar, gastada, a que sólo habla con los muertos y por eso no se acercan a él. Nadie sabe su nombre.  

Hoy volvía del trabajo más temprano que de costumbre. Sufrimos un atraco después de la entrega del furgón y a pesar de que debería haber permanecido allí -para atender a la policía y la prensa y redactar los informes a nuestra central- me marché sin decir nada. Me alejé dejando el ordenador encendido y el abrigo en el perchero, a Marcos hiperventilando y a Marta presa de un ataque de llanto, a los policías gritando por sus radios y a la ambulancia mal aparcada encima de la acera con las luces aún encendidas. 

Lo vi a lo lejos, en el mismo banco en el que estaba leyendo a las ocho menos diez. Al acercarme, el frío me llevó a subir el cuello de mi chaqueta y a meter las manos en los bolsillos del pantalón. Cuando llegué a su lado esta vez sí alzó la vista y me miró, componiendo una media sonrisa ensombrecida por sus dientes pardos. "¡Mierda de vida, Manuel! ¡Qué pena de abrigo! A saber a quién se lo regalará ahora tu viuda" le oí decir cuando ya lo había dejado a mis espaldas.





viernes, 22 de marzo de 2013

Pedro Sánchez Negreira: "Llanto"








Llanto


Sentada en la mecedora a los pies de la cuna y oculta en la oscuridad taciturna de la habitación, ella se consume en un balanceo vesánico acunando en sus brazos el vacío. En sus anhelos, el niño aún llora.





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