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lunes, 28 de julio de 2014

Begoña Abad: "¿Y si el día no fuera?



Obra de Nicoletta Tomas







¿Y si el día no fuera?


¿Y si el día no fuera
un perro mojado de rocío?
Pudiera ser un perro
tumbado tripa arriba
en la solana de tu sonrisa
o tal vez lamiéndote los ojos.
Me gusta que el día
se adentre en mí
como tu voluntad se abre paso
entre mis pechos
y ancla, después,
como un barco sin rumbo,
entre mis muslos
que se abren como una ensenada
en medio de la mayor tormenta
que nos habita hoy.









martes, 3 de diciembre de 2013

Begoña Abad: "Lugar de encuentro"





 Pintura de Pablo Picasso




Lugar de encuentro


 

Acostarme y subir las escaleras
que me llevan derechas a tus brazos
y después ya veremos lo que pasa,
porque hay noches que el sueño se desvela
y tardan tus manos en llegarme
y no me quitas la ropa en el rincón
y no me besas la boca con carmín.
Cuando eso ocurre, yo me desespero
y llamo a urgencias en los hospitales
de tus ojos vacíos que, ayer noche,
me he encontrado tirados en la esquina
de la calle donde siempre han vivido:
en el portal que da paso a mis pechos
y una cuarta debajo de mi ombligo.








domingo, 18 de agosto de 2013

Begoña Abad: "Anduvo pidiendo en todos los países"








Anduvo pidiendo en todos los países



Anduvo pidiendo en todos los países,
tenía hambre y frío.
Acabó vistiéndose con una gran bandera
y comiéndose el mástil.
Fue detenido, naturalmente
y en el calabozo, por fin, le sirvieron sopa
y le dieron una manta.










sábado, 22 de junio de 2013

Begoña Abad: "Orillas y silencios"









Orillas y silencios



Mi madre zurcía una camiseta de mi padre, en la que ya no se reconocía el tejido original de tantos repasos.
En el fuego, un puchero hervía lento. Olía a lo que olían entonces todas las casas: a cocido.
Yo miraba, por la ventana que daba a la parte de atrás del cuartel, la corriente del río Bidasoa. En medio, dos isletas a las que yo solía ir caminando cuando no me daban miedo las sanguijuelas. El resto del río era peligrosamente profundo en el tramo que separaba un país de otro. Enfrente estaba Francia, aunque a mí las dos orillas me parecían iguales.
En la sala de armas, un guardia civil gallego dejaba pasar las horas sentado delante de una destartalada mesa, rodeada de una manta de reglamento marrón, a modo de faldas.
Alguien entró por la puerta del cuartel, se oyeron voces un poco más altas que de costumbre y nombres que yo no sabía interpretar: Maquis..., intento de fuga..., el monte San Marcial..., guardias haciendo posta en la noche...un aviso, detenidos vadeando por Astarloa. Todo confusión, historias entrecortadas, órdenes sin preguntas ni respuestas.
Mi madre seguía zurciendo la única camiseta de repuesto de mi padre y removiendo el plato único de cada día, sentada en la cocina...
El guardia de puertas, gallego, saca una silla y en ella se sienta un detenido. Se supone que es un contrario, aunque él no encuentre diferencia. No hay preguntas ni respuestas, hay soledades y miedos atados por sueldos, o por esposas.
Mi padre entra en casa, se quita el tricornio, la capa mojada, esa misma con la que nos tapa, al hijo del sargento y a mí, cuando nos lleva a la escuela, montados en la bicicleta durante kilómetros, uno en el sillín y otro en la barra y que sólo deja que asome un trocito de nuestras piernas flacas y heladas.
Mi padre y mi madre hablan. Ella se levanta despacio, me pone la única camiseta de repuesto de mi padre, llena de remiendos pero muy blanca, en el brazo y en las manos un plato de cocido y me dice que se lo lleve al hombre que está con el gallego, en la sala de armas. Yo tampoco pregunto, obedezco. El hombre está sentado con la cabeza baja, el pelo mojado, las manos esposadas. Lleva un impermeable Dugam azul y debajo sólo un pantalón mojado y da frío su desnudez. Yo tengo siete años y él como mi padre, supongo. Le dejo delante ambas cosas y vuelvo a mirar el río que sigue pareciéndome igual.
Mi madre se queda sin labor, mi padre sin camiseta y yo sin saber qué orilla es la acertada, quién lo decide y por qué se persigue y detiene al de la orilla contraria y después le damos la única camiseta de repuesto y un plato de comida.







sábado, 15 de junio de 2013

Begoña Abad: "Este empeño mío"









Este empeño mío



Este empeño mío
de nacer cada mañana,
me costará caro.
El mundo no soporta,
así como así,
que alguien se resista
a unirse a los adultos,
a los que saben más,
a los que dirigen mejor,
a los que “crecen”,
a los que medran,
a los que pueden.
No soporta
a alguien que se resista
a esa especie de muerte
que ellos llaman vida.






sábado, 6 de abril de 2013

Begoña Abad: "El gato de mi vecina"









El gato de mi vecina





El gato de mi vecina
me mira desde un estrecho alféizar
en la ventana de un octavo piso.
Es la primera visión de la mañana.
Me mira con sus ojos alargados y verdes
en medio de un grumo de pelo blanco
y permanece quieto, como si fuera de
porcelana.
Abajo, un patio, también estrecho,
de baldosas rojas
y una caída profunda
como la vida.
Me pregunto por qué se atreve
a sentarse en ese borde peligroso,
por qué instinto primario
se arriesga a la libertad
de mirar tejados.
Nos parecemos bastante,
a mí también me gusta
bordear los límites
del patio en el que vivo.







martes, 5 de marzo de 2013

Begoña Abad: "Tendría que escribirte un poema"


Obra de Ernest Descals






Tendría que escribirte un poema 



Tendría que escribirte un poema.
Un poema blando como el pan de cada día
y azul como el mechón de mi pelo.
Uno que te atara a mi piel
y que dejara en la tuya
palabras de porcelana.
Tendría que usar las letras
de un alfabeto sin inventar,
las notas de un pentagrama,
las sílabas de los silencios,
los acordes de un corazón latiendo.
Tendría que escribirte un poema
que no olvidaras nunca,
un brevísimo poema de arena
derramándose por los espacios
que dejamos al besarnos
sin apenas rozarnos los labios,
un minúsculo poema
que durmiera siempre en tu pupila
mientras yo no estuviera en ella.
Pero no sé escribir poemas de amor.









viernes, 7 de diciembre de 2012

Begoña Abad: "Miradas diferentes"









Miradas diferentes


La línea de la costa se reflejaba en los cristales de sus gafas. Medio echado en la tumbona, sostenía una cerveza helada entre las manos. Las gaviotas, que durante años había visto desde la soledad del faro como viejas compañeras, le parecían ahora simples pájaros chillones. El olor a sal y algas de la marea baja, disfrutado como un privilegio tanto tiempo, era ahora un hedor a podredumbre y muerte. En realidad todo le parecía muy diferente con un boleto de lotería premiado en el banco y un pasaje, tierra adentro, en el bolsillo del vaquero.









domingo, 23 de septiembre de 2012

Begoña Abad: "No necesito un hijo que me quiera"


  



No necesito un hijo que me quiera

 
No necesito un hijo que me quiera,
ni que sea feliz, ni hermoso,
ni que triunfe y me sonría,
ni un hijo que me cuide,
me proteja, me tutele.
Necesito, simplemente,
un hijo que me sobreviva
y al que poder amar hasta el final.
Si me faltara,
¿qué haría yo con tanto amor
como me crece para él
cada mañana?


jueves, 30 de agosto de 2012

Begoña Abad: "Podría haberme emborrachado"











Podría haberme emborrachado


Podría haberme emborrachado
de ansiolíticos potentes
o de vodka barato.
Podría haberme enganchado
a la coca, a las telenovelas
o al chocolate.
Podría haberme hecho adicta
a tus ausencias,
a tu malquerer, a tu dolor,
a tu lista de contraindicaciones,
pero preferí averiguar
qué eran los dos bultos
que me nacía en la espalda
y echarme a volar.