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martes, 8 de abril de 2014

Francisco Umbral: "La vida es esto"



Pintura: George Grosz




No hay profundidad, la vida es esto. La vida es una máquina engrasada, el rodar silencioso de los días, el sol como una rueda que va lenta, las mañanas con diarios y muchachas, las tardes con otoños en racimo, las noches como un río que se desborda, pacífico y lustral, de cauce hondo.
No hay complicación, la vida es esto. El pan de cada día, tan monótono, comer monotonía de vez en cuando, cenar una manzana newtoniana, muy moderadamente newtoniana, soñar una mujer como una gran ave, no llevar nada suelto en los bolsillos, escribir un artículo diario, leer aquellos libros ya invernales donde me hice escritor plagiando imágenes. Y poco más.
Los sacerdotes verdes y los sabios, Kant y San Agustín, toda esa gente, quieren que nos sintamos importantes, nos pasean por el cielo y por la tierra, nos abruman de dioses y pecados, nació la trascendencia en una iglesia como útil derivado del poema. (Toda la religión no es sino poesía aplicada, truco, trampa.) Y el filósofo ateo y la mujer doliente quieren que nos sintamos infinitos, el cielo tan sencillo de esta tarde, con hojas de moneda y luz de enfermo, nos lo quieren cambiar por otro cielo retórico de arpas y profetas.
Mas no hay profundidad, la vida es esto, un continuo presente y la salud. ¿Animales de fondo? Juan Ramón iba a Dios y ganó el Nobel. Del Nobel no se pasa, sin el Nobel se pasa, ahora hace fresco.
¿Animales de fondo? Somos la superficie de un planeta que rueda cotidiano, algo vulgar, somos anticipado cementerio, ni siquiera hay dolor entre nosotros, ni siquiera la pena puebla el campo. Gente de superficie, buena gente, patata y pimentón es mi merienda, patata y pimentón mi eternidad.


(de "Un ser de lejaanías", Ed. Planeta, 2001)






 



lunes, 30 de diciembre de 2013

Francisco Umbral: "Seres de lejanías"





 Obra de Agimmeta






Seres de lejanías



Somos seres de lejanías, los hombres, no porque nos vayamos yendo lejos con la edad, sino que son las cosas las que se van, es el mundo lo que ya no nos queda al alcance de la mano. Todo está ahí, pero un poco más lejos.
Por las mañanas, al despertar, si tuviera una pistola en la mesilla, me pegaría un tiro casi con alegría. La inmóvil desesperación de la noche no tiene otra salida que la muerte, el suicidio, y de esa claridad espantosa del sueño, de esa nitidez de la duermevela, le queda a uno la marca para todo el día. El presente, con su canto variado, del teléfono al trabajo, de la voz a la luz, ayuda un poco a confundir las cosas y acabamos haciendo como los demás (que quizá también han tenido una noche de mortal clariver).
El transcurso de un día no es sino un viaje de vuelta a lo nuestro, tras el fúnebre alejamiento del sueño despierto. La flor, la prosa, la mujer, el halago, los perfumes, los dones claros y fríos del invierno, el beneficio de la luz, todo eso es lo que hallamos en el camino de vuelta a la realidad, a esa convención que llamamos realidad, a esa conjunción de mimbres de oro que fingen el presente, cesto por donde se va el agua del tiempo y ya estamos otra vez en la noche. La conquista de la realidad (que efectivamente lo es, por otra parte: no menos real el día que la noche, la risa que el miedo) se cumple en el plazo de un día. Somos seres diurnos, formamos parte de las invenciones dela luz. Cuando la luz se ha ido, todo es cementerio de vivos con el rejón de la muerte en el costado que fue de oro.

Ser de lejanías. ¿Qué sé yo, en realidad, del mundo cercanísimo y oriental de la gata? A veces la sorprendo como una desconocida hostil, a veces me mira como habiendo olvidado ella quién soy yo. Sin duda los gatos también tienen alucinaciones. Ser de lejanías, animal de fondo. El animal de fondo juanramoniano es animal de fondo de aire. Yo soy animal de fondo porque vine de un claustro y volveré a otro, siquiera sea por la puerta deseable del fuego.
Animal de fondo, siempre en lo sombrío de las cosas, propenso a hundirme en los sótanos del tiempo, en lo subterráneo de las cumbres, que no son sino subterráneos/inversos. Las cumbres son los subterráneos del cielo, donde el sol pierde la mirada. Yo en seguida me voy al fondo de una amistad, de un amor, de una conversación, de una situación o un clima, a ese doble fondo nunca dicho y tan evidente bajo lo que se habla o lo que se ama. Somos lo que subyace. Lo exterior, lo visible y audible no es sino el esfuerzo conjunto por mantenernos al nivel de la luz. Lo que subyace nos está enviando siempre vaharadas de frío, de silencio, de revelación sombría, y yo tiendo a dejarme sumergir en lo que subyace, al menos algunos días, como hoy. Experimento ya la vida como un afán colectivo por estar al nivel del día, mientras el día dure. Cuando lo subyacente emerge, a eso lo llamamos tener sueño.
Yo casi siempre tengo sueño de lo subyacente, de estar en lo oscuro con los ojos muy abiertos, mirando cómo los demás se bañan en el calor de la hora, en el frío vivísimo del invierno claro. La edad de las mujeres no es sino una insolencia de la luz, y eso lo veo bien desde mi subyacer. Del mismo modo, la alegría de los hombres, o su tristeza, no es sino una insolencia solar que nos permite ver el hígado enfermo del amigo, los años dormidos de la amiga, el bosque de sombra que hay tras el bosque diurno en que ahora vivo y escribo.
Animal de fondo, deslumbrado y deslumbrante Juan Ramón, no sólo en el sentido que tú lo dijiste, sino en este otro que explico. Animal de fondo de tiempo en el mediodía de todas las criaturas. Alma que acecha, triste y perspicaz, la fiesta del día desde las bodegas de la luz.



("Un ser de lejanías", Ed. Planeta)






 


domingo, 15 de septiembre de 2013

Francisco Umbral: "La gata dibuja ochos"









La gata dibuja ochos


La gata dibuja ochos entre mis piernas desnudas, terciopelo transeúnte, trapo con ojos, delicioso juego de la mente oval del felino, que me emite señales de ternura, de amistad, de complicidad, desde su presente absoluto y puro, desde su eternidad de vida al sol, jamás ensombrecida por la muerte.
Detrás de cada ocho, la dulce rúbrica de su rabo.



 (De "Un ser de lejanías", Ed. Planeta)








sábado, 6 de julio de 2013

Francisco Umbral: "Hoy me ha mirado un perro"









Hoy me ha mirado un perro


Hoy me ha mirado un perro como preguntándose por mí. Era un perro negro, grande, ya un poco viejo, sin otra nobleza que la edad. Un perro de alguien, sin duda, un perro de otro, que repentinamente se ha interesado por mi persona. Quizá es el perro de un amigo y eso basta para que él me considere continuación difusa e interesante de su amo.
Qué dulce curiosidad en la mirada del perro, qué añosa gravedad, qué dignidad de persona que no tienen las personas. Nunca otro humano nos mira así. Entre los hombres sólo nos cruzamos miradas furtivas, o de momentánea alegría, miradas de superficie, más o menos mentidas. Miradas inquisitivas. Al perro, en cambio, se ve que le interesa todo de mí. Me mira a los ojos largo tiempo y espera que yo le corresponda con una mirada igualmente honesta, honrada, profunda, interesada, curiosa, digna. Con una mirada perruna.
No hay entre las especies, y menos en la humana, un ser capaz de mirar así, con tan respetable interrogación, con ese brillo de posible amistad que hay al fondo de sus ojos negros. Quizá piensa el perro si soy digno de él, de su cariño o de una relación de hombre a hombre, de perro a perro.
Me ha conmovido la mirada del perro, su distante y profunda observación. Ahora comprendo que nadie me había mirado así jamás, y estoy al final de mi vida, como él, quizá, de la suya. Del fondo vil del hombre jamás puede nacer una mirada semejante. «Ya no se mira así», dirían los nostálgicos. Pero nunca se ha mirado así.
Hace falta mucha humanidad dentro para mirar como un perro.




(De "Un ser de lejanías", Ed. Planeta)




 

sábado, 8 de junio de 2013

Francisco Umbral: "He matado"









He matado



He matado, he traicionado, he mentido, he trabajado mucho, tengo en las manos la tinta de los crímenes, tengo en mis libros la sangre seca de mis profanaciones. Todo lo he hecho por conseguir esto, este ramo de silencio que ahora es mi vida. Nunca he buscado ni esperado ni querido otra cosa. Hoy lo sé. No era poder lo que disputaba, ni gloria ni dominio ni fama ni dinero. Sólo este ramo sagrado de silencio en la mañana fluvial, en la tarde cansada, rosácea-mente cansada. Tras de las altas puertas de hierro negro, con ligaduras de flor, con almenas de cielo verde, vivo en mi ramo de silencio. Ni sexo ni libros. Sólo este monacato del incrédulo, esta infinita paz que no es pariente dela vida ni de la muerte. Todo lo que soñé está en un poliedro de cielo, aquel cielo del chico soñador, que es este cielo. Ramo de tardes purísimas, posteridad anónima de mi vencido cuerpo.




(De "Un ser de lejanía", Ed. Planeta)




 

miércoles, 29 de mayo de 2013

Francisco Umbral: "Dos palomas de barro"









Dos palomas de barro 


Han venido a mi casa dos palomas de barro. Tienen el color gris de los viajes. Están tomando posesión del mundo. Se acercan a la fuente como a una gran pagoda. Y mi jardín se ensancha cuando vuelan.





(De "Un ser de lejanías", Ed. Planeta)







domingo, 21 de abril de 2013

Francisco Umbral: "Hoja de parra"










Hoja de parra 





Hoja de parra, otoño, candela del domingo, mi luz mientras escribo, hoja de bronce pálido, oro muy fatigado, y ese pétalo rojo, insinuado, insignia del domingo, ah parra en la ventana, residuo, menecita de niño, cuánto sol todavía –¿el sol es el tiempo?-, ya son las doce y media, mediodía, renuncio a lo perpetuo, sólo me ilustran luces, luminosos azares, escapadizos cielos.
Silencio. Cómo zumba el silencio en el silencio. Jardines en el sueño. Mientras escribo, insistente, niña, la hoja de parra o tiempo. Universo. ¿Dónde dejé mi cuerpo? Libros, revistas, fotos, todo lo que es fugaz. Afuera está el dinero. Es dinero de sol, de luz, de tiempo (de otro tiempo).
Afuera está el caudal de un domingo que pasa, lento como un trapero, llevándose las hojas del estanque, mi paso en el sendero, dejándose las llamas encendidas por todo el firmamento. Cómo hiere un domingo, cómo mata, quedo herido y perfecto. Salgo a respirar día, invierno venidero, salgo a la luz de una hoja tan dulcemente ardiendo.  Ah miles de domingos, cuchillo del recuerdo.
Muero.





(De "Un ser de lejanías", Ed. Planeta)